2.1.10
BITÁCORA DEL CAPITÁN
1:28
Si el príncipe azul destiñe en el primer lavado, no habría porque esperar al momento de lavarlo. Una salida puede ser irse antes de que se ensucie y de que sea necesario lavarlo comprobando así lo que la gente dice: el príncipe azul no existe. Mi coartada es bien otra: el príncipe azul existe y haré todo lo que sea necesario en defensa de esta idea.
Recordemos que el príncipe azul combina muy bien con un caballo blanco, si es posible alado, que le permite desplazarse por tierra o aire de manera fugaz. Si es azul, tiene caballo, si tiene caballo, viene y se va, y si se va... ¿Quién lo lava? Se lavará solito y se las arreglará para quedar siempre azul. El secreto para que el príncipe siempre esté azul, es no estar a-zu-la-do.
Dado que será imposible resistirse al deseo irrefrenable de permanecer allí ensuciándolo de tanto usarlo, cayendo finalmente en la trampa de ser una quien lo lava, y ser testigo de cómo se nos va el príncipe avergonzado por la rejilla, la solución es tenerlo lejos. Que se lave solo!
No ser testigo del menester y quedarse con la duda es la estrategia. “Quizás éste no desteñía...”
Es bueno pensar que al menos uno puede no desteñir.
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