18.12.09

Detrás de la puerta.

Aún no podía abrir los ojos cuando se puso de pie y cayó de rodillas. Le titilaba la sien con un tic tac de reloj desorbitado mientras gateaba dificultosamente por el piso desparejo. Se detuvo un instante, quitó el cabello apelmazado que habíase adherido a su frente y sintió el olor nauseabundo de la sangre seca. El cuello le pesaba y el dolor punzante le llevó su mano hasta la nuca. El dolor fue más intenso aún, cuando acarició la cervical inflamada. Con dificultad abrió un ojo... luego otro, y la oscuridad predominante la llevó directamente hacia el único resquicio de luz que se filtraba por una hendija. Volutas de humo de cigarrillos se colaban y se perdían en la penumbra del cuarto. El olor a humedad, orín y excremento le provocaban arcadas que contenía tapándose la boca con sus manos pegajosas, por el temor de ser oída. Tanteaba despacio su derredor mientras vigilaba sigilosa el haz de luz. Palpó una cadena fría y gruesa que siguió hasta uno de los extremos que convergía en un brazalete. La recorrió en el sentido inverso y rápidamente se topó con el aro que la sostenía de la pared. Trataba, con inhalaciones profundas y temblorosas, de devorar los últimos vestigios de oxígeno. Las manos le ardían, los pechos le ardían, el vientre le ardía; pero estaba acostumbrada. El hambre, la sed y el frío laceraban sus huesos; pero la desesperación la volvía fuerte, indolente, astuta... Ajustó el ojo derecho en la hendija: sólo divisaba la franja central de una mesa de madera resquebrajada, manos que soltaban cartas, otras que recogían dinero; debajo de la mesa, un pie que trituraba una colilla de cigarrillo. Ladeó su rostro lo más que pudo y lo aplastó en uno de los bordes de la madera buscando algún rostro; pero el que acababa de triturar la colilla corrió la silla y se apartó de la mesa. - Che, la loca debe estar por despertarse, y cuando se dé cuenta de todo va a empezar a gritar. - Le tapamos la boca y listo. “¿Qué me dé cuenta de qué? ”... - pensó -. Giró el rostro hacia el otro borde de la hendija, ajustó el ojo sin parpadear y se tropezó con otro ojo que del lado opuesto vigilaba. Giró veloz hacia un costado y contuvo la respiración. - ¿La ves? - No se ve nada. Todavía debe estar culo pa’ arriba. - ¿La vas a amordazar? - Para qué, si no tiene idea ni de dónde está parada. No se va a dar cuenta de nada. “¿Darme cuenta de qué? ”... - volvió a pensar -. Tanteó nuevamente su derredor para asirse de algo que le sirviera en el caso de que se les ocurriera entrar. Sintió algo blando y pegajoso. Retiró su mano inmediatamente y la llevó hasta su nariz. Olía a sangre fresca... Volvió a tantear la masa gelatinosa, la agarró y la acercó hacia el haz de luz. Mientras la dejaba resbalar por los dedos recordó su estado avanzado, recordó que el movimiento agazapado con el que se había desplazado hasta allí no había sido entorpecido por sus nuevas formas; recordó que desde hacía días y días, meses y meses lo había sentido crecer por dentro sin hacer preguntas, lo había sentido crecer por dentro, albergando la estúpida esperanza de salir con él entre los brazos del agujero. Temblorosa, sospechando lo peor acarició su vientre y lo halló enjuto, vacío, seco. Dejó caer una lágrima, y luego dos; y luego dejó escapar un lamento, y luego otro; y comenzó a gritar... a gritar más fuerte... desesperadamente... con el cuerpo, con el alma, con los tejidos desgarrados. Y se oyó ruidos de sillas, y de pasos y de puertas... y luego no se oyó más nada.
©VeroHervier
Gran profesora, excelente escritora, e inigualable amiga. ♥

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